lunes, 1 de julio de 2013

Superyoica.

Estuve pensando en cual podría ser el mejor tema para tratar en mi primer entrada, y la verdad que fue de todo menos fácil. Hay tantas cosas de las que quiero hablar y que no quiero mezclar entre sí, que no fue una tarea para nada fácil llegar a tomar la decisión definitiva.
Ese es mi problema. Pienso demasiado todas las cosas. ¿Nunca les paso que quieren algo y tienen que analizarlo todo antes de tomar la decisión? Bueno, a mi me pasa...¡todo el tiempo! Siempre tengo que tomarme el tiempo del mundo para sentarme y analizar los pro y contra antes de decidirme que lo que voy a hacer me favorece o es lo que realmente quiero. Muy pocas veces son las que actúo por impulso. No quiero que nada salga mal.  El problema es que nunca nada puede no salir mal. No estoy diciendo que todo lo que hagamos vaya a salir mal, sino que, simplemente, es imposible no equivocarse. Es humano. Es la ley de la vida. Práctica, error, aprender y corregirlo.
Sin embargo, algo mucho peor que tener mil voces analizando cosas todo el tiempo en tu cabeza, es no poder decir que "no". En la primaria casi ni lo notaba. Lo cierto es que nadie tiene definido quién es o cómo es hasta que entra en el secundario. 
Me acuerdo que entre a primer año, asustada, sabiendo que tenia que estudiar mucho más que en la primaria, cuando lo cierto es que no es ni un poco difícil. Me tomaba el trabajo de estudiar como un juego, en serio. Solía tener una compañera que me pedía siempre las cosas -siempre están, siempre- y yo, como no  me sale decir que no, accedía. Hasta que me cansé, como era de esperarse. Mi mente estaba analizando todo, separando las cosas que eran correctas de las incorrectas, hasta que llegue a tomar la decisión de que aquello no tenía que pasar más. Quise ponerle un stop. Estábamos haciendo un trabajo en grupo de matemática y no aguantaba la idea de tenerla ahí, mirando mientras las demás trabajábamos y ella copiaba, sin usar ni un poco sus vacías neuronas. Entonces, cuando salimos al recreo fui hasta el baño (siempre se iba al baño, al parecer tenía demasiado por arreglarse) y le grité. Sinceramente, no se qué. Lo único que recuerdo es haberle gritado algo y no me importo que el baño estuviera lleno de personas. Me había cansado. Salí del baño, satisfecha por una parte, pero hecha añicos por la otra. Le había gritado a una persona....en frente de muchas otras. Nunca se me hubiera cruzado por la cabeza llegar a tal punto, a gritar TAN fuerte como lo hice. Pero aquello había pasado y me sentía fatal. Así que, ¿qué podía hacer? Por supuesto, irme a llorar.
El punto es que, aún cuando analice mil veces las cosas y sepa que hay personas que no merecen mi ayuda, muchas veces no puedo decir que no. Quizá porque me den pena, quizá porque me guste ayudar realmente. No lo se. No estoy segura de saber cual es el motivo por el que me cuesta tanto ser tan dura con las personas la mayoría de las veces. Soy demasiado superyoica. Si la otra persona esta mal, por más que la odie, no puedo sentirme bien por eso, y menos si la puedo ayudar. 
Creo en el karma, mal que me pese. Creo que todo vuelve. 

Así que, si ustedes también son así de superyoicos como yo, o quizá un poco menos, les aconsejó no cambiarlo, pero sí controlarlo. Ser siempre buena no esta bueno, pero tampoco tenemos que ir deseándole el mal a todo el mundo. Todos merecemos segundas oportunidades. Si nosotros nos caemos y volvemos a levantarnos para intentar caminar, por qué no vamos a dejarlos volver a intentarlo. Ellos solo se han cruzado con una piedra que los desvió del camino. ¿Por qué no darles una mano y volver a guiarlos?
Ser superyoico no esta mal, mientras sepas manejarlo.

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